Esta es una historia sobre cuatro personas que se llamaban todo el mundo,alguien, cualquiera y nadie.
Había que hacer un importante trabajo y todo el mundo estaba seguro de que alguien lo haría. Cualquiera podría haberlo hecho, pero nadie lo hizo.
Alguien se enfado porque era un trabajo de todo el mundo.
Todo el mundo pensó que cualquiera podía hacerlo, pero nadie se dio cuenta de que nadie lo haría.
Al final, todo el mundo culpo a alguien cuando nadie hizo lo que cualquiera podría haber hecho.
LLega la época de vacaciones, con ella los viajes y el turismo veraniego.
Agencias que nos ofrecen turismo nacional, turismo internacional, turismo de ciudad, turismo rural, islas paradisiacas, reservas naturales o exóticas playas; El Caribe, Tanzania, Camboya...y muchos otros destinos que iran desfilando por delante de nosotros.
Pero hay otro turismo que crece dia a dia" el turismo sexual infantil". Una gran demanda de servicios sexuales con menores tanto desde la población local de los paises afectados como desde la población extranjera, que no ve castigadas sus actuaciones, hacen posible esta terrible situación.
Miles de personas adultas sin escrúpulos viajan, principalmente desde paises económicamente desarrollados, hacia paises del sudeste asiatico, Africa, Centro América, etc...con el único fin de satisfacer sus apetencias sexuales.
Quiero compartir con vosotros una imagen que ha sido publicada en un diario de Nicaragua, pais que se está convirtiendo en un nuevo paraiso para extranjeros acaudalados que buscan este tipo de turismo, es estremecedora, creo que no es la solución, pero si una muestra de desesperación y desamparo de una población que se siente maltratada, desprotegida y muy vulnerable...
Desde aquí mi mas rotundo NO AL TURISMO SEXUAL, NO A LA EXPLOTACIÓN INFANTIL...
Dos hombres, ambos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. A uno se le permitía sentarse en su cama cada tarde,
durante una hora, para ayudarle a drenar el liquido de sus pulmones. Su cama daba a la única ventana de la habitación. El otro hombre tenia que estar todo el tiempo boca arriba. Los dos charlaban durante horas.
Hablaban de sus mujeres y sus familias, sus hogares, sus trabajos, su estancia en el servicio militar, donde habían estado de vacaciones. Y cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse, pasaba el tiempo describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde la ventana.
El hombre de la otra cama empezó a desear que llegaran esas horas,
en que su mundo se ensanchaba y cobraba vida con todas las actividades, colores del mundo exterior. La ventana daba a un parque con un precioso lago. Patos y cisnes jugaban en el agua, mientras los niños lo hacían con sus cometas. Los jóvenes enamorados paseaban de la mano, entre flores de todos los colores del arco iris. Grandes árboles adornaban el paisaje, y se podía ver en la distancia una bella vista de la línea de la ciudad.
El hombre de la ventana describía todo esto con un detalle exquisito,
el del otro lado de la habitación cerraba los ojos e imaginaba la idílica
escena.
Una tarde calurosa, el hombre de la ventana describió un desfile que
estaba pasando. Aunque el otro hombre no podía oír a la banda, podía
verlo, con los ojos de su mente, exactamente como lo describía el hombre de la ventana con sus mágicas palabras. Pasaron días y semanas. Una mañana, la enfermera de día entró con el agua para bañarles, encontrándose el cuerpo sin vida del hombre de la ventana, que había muerto plácidamente mientras dormía.
Se llenó de pesar y llamó a los ayudantes del hospital, para llevarse el
cuerpo.
Tan pronto como lo consideró apropiado, el otro hombre pidió ser
trasladado a la cama al lado de la ventana.
La enfermera le cambió encantada y, tras asegurarse de que estaba
cómodo, salió de la habitación. Lentamente, y con dificultad, el hombre se
irguió sobre el codo, para lanzar su primera mirada al mundo exterior; por
fin tendría la alegría de verlo el mismo. Se esforzó para girarse despacio y
mirar por la ventana al lado de la cama... y se encontró con una pared blanca.
El hombre preguntó a la enfermera que podría haber motivado a su
compañero muerto para describir cosas tan maravillosas a través de la
ventana.
La enfermera le dijo que el hombre era ciego y que no habría podido ver
ni la pared, y le indico: "Quizás sólo quería animarle a usted".
Epilogo
Es una tremenda felicidad el hacer felices a los demás, sea cual sea la propia situación. El dolor compartido es la mitad de pena, pero la felicidad, cuando se comparte, es doble. .
"Hoy es un regalo, por eso se le llama el presente
El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja, acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se dañó y lo hizo perder una hora de trabajo y ahora su antiguo camión se niega a arrancar.
Mientras lo llevaba a casa, se sentó en silencio. Una vez que llegamos, me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos.
Cuando se abrió la puerta, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa. Posteriormente me acompañó hasta el auto.
Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté acerca de lo que lo había visto hacer un rato antes. "Oh, ese es mi árbol de problemas", contestó.
"Se que yo no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa. Luego en la mañana los recojo otra vez".
"Lo divertido es", dijo sonriendo, "que cuando salgo en la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior."

Tomo estas palabras prestadas para rendir un homenaje a mi MADRE, a Maria, Laura,Francisca, Pilar, Elisa, Diego,Josep, Joan,Ramón etc,etc...a todas esas personas que hacen que mi trabajo sea maravilloso, que un dia no se igual que otro, que dan sentido a mi vida y que me enseñan que la ancianidad no es sinonimo de decrepitud ni de locura sino fuente de experiencia, una fuente de la que espero beber hasta saciarme.
Ser anciano no es tener setenta, ochenta o noventa años, ser anciano es tener todas las edades...
¨¿Que ves tú, tú que me cuidas?
¿A quien ves, cuando me miras?
¿Que piensas cuando me dejas?
¿Y qué dices cuando hablas de mi?
Ves casi siempre a una vieja cascarrabias,
un poco loca, con la mirada ausente,
que babea cuando come, y que nunca
te contesta cuando le hablas.
Y que, cuando chillando le dices:
"Pruebe una vez más", no parece
prestarte ninguna atención.
Una vieja que siempre pierde sus zapatillas y sus medias,
y que dócil o no, te deja hacer lo que quieras,
preparar el baño o la comida,
para llenar los largos dias grises.
¡ Esto es lo que piensas¡ ¡ esto es lo que ves¡
Entonces, abre bien tus ojos, pues ésa no soy yo.
Por fin voy a explicarte quien soy,
aqui sentada, tan tranquila, tan molesta.
Moviéndome cuando lo ordenas,
comiendo cuando tú quieres, caprichosa e
impersonal,siempre haciéndote perder la paciencia.
Te voy a explicar quiçen soy yo,
soy la çultima de diez hermanos,
con un padre y una madre.
Con hermanos y hermanas
que se querian entre ellos,
una jovencita de dieciseis años,
con alas en los pies, soñando que pronto encontraria novio.
Casada a los veinte años y aún con el corazón lleno de alegría
siempre recuerdo ese día.
Ahoa tengo veinticinco años
y un hijo qu eme necesita.
Soy una mujer de treinta años,mi hijo crece deprisa
y estamos unidos por un vínculo que durará siempre.
Cuarenta años, mi hijo pronto ya no estará aquí.
Pero mi marido sigue a mi lado.
Cincuenta años, los niños vuelven a jugar a mi alrededor,
Mi amado y yo volvemos a estar rodeados de niños.
Despuçes llegan los dias grises, se muere mi marido,
y yo miro con miedo al futuro,
mis hijos estan todos ocupados cuaidando a los suyos.
Pienso en los años y en eamor que conocí
Ahora, ya soy vieja
La naturaleza es cruel, intenta confundir la vejez con la locura.
Mi cuerpo se debilita,la gracia y las fuerzas me abandonan.
Pero este viejo cuerpo aún alberga a una jovencita
cuyo corazçon sigue latiendo;
recuerdo las alegrias, recuerdo las penas,
y vuelvo a sentir mi vida; y amo.
Recuerdo los años que pasaron tan deprisa.
Y acepto esta realidad tan implacable,
que ya no puede durar mucho.
Abre los ojos tú que me cuidas
y no veas a una vieja cascarrabias...
mírame mejor y me verás tal como soy.

Este escrito me ha llegado a través de una estudiante de 3º de enfermeria (gracias Estefania). Es el testimonio real de una anciana, lo escribió unos dias antes de su muerte para la persona que la cuidaba: Lo encontraron en su mesita el dia después de morir.

Hace un tiempo que deseo escribir un post sobre mi profesión y creo que hoy ha llegado ese momento.
¿ Porque lo hago?. E l ejercer de nuevo la enfermería después de una larga ausencia, los cambios tan rápidos que se están produciendo en la informatización del trabajo diario, mi experiencia con alumnas que pasan cada dia por el centro hospitalario donde trabajo me han animado a hacerlo.
Está claro que la enfermeria del siglo XXI tiene grandes retos, el progreso científico, tecnológico, las especializaciones, etc, están influyendo en el desarrollo de la enfermeria y en el concepto de cuidados.
No podemos ni debemos perder ese tren pero tampoco debemos permitir que nos aparten de nuestro objetivo final “CUIDAR”.
El progreso científico y tecnológico no puede menoscabar el profundo sentido y espiritu “ HUMANITARIO” del cuidado de enfermería que se brinda a la persona y la sociedad.
Corremos el riesgo de que tan alta tecnificación nos impida ver mas allá de nuestras pantallas de ordenador, de pasarnos el dia pendientes de parámetros, monitorizaciones y todo el conjunto de datos y herramientas, que son mas que eso “ HERRAMIENTAS” y nos haga perder nociones tanto básicas como humanas. Hoy sabemos más de nuestros pacientes, y eso no es malo, conocemos su ECG, tenemos gráficas en pantalla, etc, etc, pero muchas veces no sabemos su nombre, no somos capaces de detectar su nivel de ansiedad, de dolor, preocupación, sufrimiento y tristeza. Miramos, pero no vemos.....
Para decirlo bonito, ser enfermera es:
Envolver cada sufrimiento, dolor, tristeza en un brillante celofán de delicadeza, sensibilidad, abnegación y paciencia.
Es medir la valia personal por “ horas de vuelo”. Vuelo a lo largo de pasillos sin fin cruzados de puntillas. De noches en completa vigilia, sobrevolando a una tripulación que ansia mas que ninguna otra cosa, un pronto y feliz aterrizaje.
Para mi ser enfermera es “UN GRAN PRIVILEGIO”

Un hombre blanco perfectamente bien alimentado observa cómo una niña africana se muere de hambre ante la mirada expectante de un buitre. El hombre blanco hace fotos de la escena durante 20 minutos. No es que las primeras no fueran buenas, es que con un poco de colaboración del ave carroñera le salía una de premio, seguro. Niña famélica con nariz en el polvo y buitre al acecho: bien; no todos los días se conseguía una imagen así. Pero lo ideal sería que el buitre se acercara un poco más a la niña y extendiese las alas. El abrazo macabro de la muerte, el buitre Drácula como metáfora de la hambruna africana. ¡Ésa sí que sería una foto! Pero el hombre esperó y esperó, y no pasó nada. El buitre, tieso como si temiera hacer huir a su presa si agitara las alas. Pasados los 20 minutos, el hombre, rendido, se fue.
No se debería de haber desesperado. Una de las fotos se publicó en la portada de The New York Times y acabó ganando un premio Pulitzer. Pero incluso así se desesperó. Y mucho. El hombre blanco era un fotógrafo profesional llamado Kevin Carter. A los dos meses de recibir el premio en Nueva York se suicidó.
Hay dos preguntas. La primera, ¿por qué se suicidó? La segunda, ¿por qué no ayudó a la niña? La respuesta a la primera es relativamente fácil. La respuesta a la segunda es más interesante. Remontemos.
Kevin Carter nació en Suráfrica en 1960, dos años antes de que Nelson Mandela empezara su condena de 27 años de cárcel. Al llegar a la adolescencia empezó a entender que ser blanco en Suráfrica significaba ser una de las personas más privilegiadas de
Comenzó su carrera en 1984, cuando las poblaciones negras en las periferias de las grandes ciudades -como Soweto, que estaba al lado de Johanesburgo- se convirtieron en campos de batalla. Jóvenes militantes negros, cuya única fuerza residía en su ventaja numérica, lanzaban piedras a los policías y a los soldados, que respondían con gases lacrimógenos, balas de goma o balas de verdad. Cientos murieron, miles fueron encarcelados. Soweto ardía, y allá, casi permanentemente instalado, estaba Carter, fotógrafo novato de The Johannesburg Star, expiando su culpa.
La gran ironía de la historia reciente de Suráfrica es que cuando salió Mandela de la cárcel en 1990, cuando empezó el proceso de paz que condujo cuatro años después a la democracia, se desató una violencia mucho mayor. Durante casi la totalidad de aquellos cuatro años, Soweto y otra media docena de poblaciones negras en los alrededores de Johanesburgo vivieron una anarquía asesina demencial, nutrida por opositores al proyecto democrático, en la que murieron unos 12.000. Allí, una vez más, estaba Carter. Todos los días. Se presentaba temprano por la mañana a los campos de la muerte, como se presentan los oficinistas a sus lugares de trabajo.
Yo también me presentaba allí, pero con menos frecuencia y más tarde. Siempre que llegaba a estos lugares, en pleno tiroteo o minutos después de una masacre, ahí veía a Kevin Carter, sudado, polvoriento, bolso sobre el hombro, cámara en mano. A él y a sus tres amigos fotógrafos, Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y João Silva. Les llamaban a los cuatro “el Bang Bang Club”. Hacían fotos espeluznantes y se exponían a peligros extraordinarios. Yo había llegado a Suráfrica en 1989 tras seis años cubriendo las guerras de Centroamérica. Vi pronto que daba mucho más miedo estar en 1992 en un lugar como Tokoza o Katlehong, a escasos kilómetros de Johanesburgo, que en 1986 en los frentes del oriente de El Salvador o el norte de Nicaragua. Porque en los lugares donde los negros, animados por los blancos, se masacraban podía pasar cualquier cosa en cualquier momento y en cualquier lugar. Con un Kaláshnikov, una lanza, un machete o una pistola. Ahí trabajaba Carter. Ahí se pasaba desde las cinco de la madrugada hasta el mediodía haciendo fotos de gente matando y de gente muriendo.
Para poder hacer ese trabajo es necesario blindarse, armarse de una coraza emocional. No se puede responder a lo que uno ve como un ser humano normal. La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión. Carter y sus tres camaradas dormían poco, además, y consumían drogas de todo tipo. Pasaban sus días y sus noches en un acelere mental y en un estado de anestesia emocional casi permanentes. Si se hubiesen detenido un instante a reflexionar sobre lo que hacían, si hubiesen permitido que los sentimientos penetraran la epidermis, habrían sido incapaces de hacer su trabajo. El entorno era alocado, pero el trabajo era importante. Si se hubieran quedado en sus casas o se hubieran expuesto a menos peligro, habría habido más muertos, menos presión política para acabar con la violencia. Ésta era la contribución de Carter a la causa de sus compatriotas negros.
En marzo de 1993 se tomó unas vacaciones de Tokoza y Katlehong y se fue a Sudán. Ahí, apenas aterrizar, es donde vio a la niña y el buitre. Respondió con el frío profesionalismo de siempre. No habría podido elegir otra manera de actuar. Estaba programado, anonadado. El único objetivo era hacer la mejor foto posible, la que tuviera más impacto. Ahí empezaba y terminaba su compromiso. La lógica era muy sencilla: si hacía una foto potente, se beneficiaría a sí mismo, pero también ampliaría la sensibilidad de los seres humanos en lugares lejanos y tranquilos, despertando en ellos aquella compasión -precisamente- que en él estaba necesariamente adormecida.
Por eso no hizo nada para ayudar a la niña. Porque si la hubiera ayudado, no habría podido hacer la foto. Porque había llegado al límite de sus posibilidades.
El problema era que la gente normal, empezando por su propia familia, no lo entendía. Fuera donde fuera, le hacían la misma pregunta. “Y después, ¿ayudaste a la niña?”. Se convirtió en un agobio, una pesadilla. Los únicos que no le hacían la pregunta, porque para ellos no era necesario hacerla, eran los amigos del Bang Bang Club.
En abril de 1994 le llamaron desde Nueva York para decirle que había ganado el Pulitzer. Seis días después, su mejor amigo, Ken Oosterbroek, murió en un tiroteo en Tokoza. Toda la emoción reprimida a lo largo de cuatro años salvajes explotó. Carter se quedó destruido. Lloró como nunca y lamentó amargamente que la bala no hubiera sido para él.
El mes siguiente voló a Nueva York, recibió el premio, se emborrachó, incluso más de lo habitual, y volvió a casa. La guerra se había terminado. Mandela era presidente. Suráfrica tuvo su final feliz, pero la vida de Carter dejó de tener mucho sentido. Quizá en parte porque el peligro de la guerra había sido su droga más potente, la que le había creado mayor adicción. Siguió trabajando, pero, perseguido por la muerte de su amigo y -ahora que se había quitado la coraza- la angustia moral retrospectiva de la escena con la niña sudanesa, se hundió en una profunda depresión. No podía trabajar, o si lo intentaba, caía en errores absurdos. Llegaba tarde a entrevistas, perdía rollos de fotos que ya había hecho. Y tenía problemas en casa: deudas, desamor...
El 27 de julio de 1994, exactamente tres meses después de las primeras elecciones democráticas de la historia de su país, Carter se fue a la orilla de un río donde había jugado cuando era niño, antes de que supiera lo que era el apartheid, el sufrimiento, la injusticia. Y ahí, por fin, dentro de su coche, escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma, logró la paz, la anestesia final de la muerte.
Canal + (dial 1 de Digital +) emite el documental ‘La muerte de Kevin Carter’ el próximo sábado día
